Te quiero desnudo sobre la cama, relajado, tus manos entrelazadas, tu cabeza apoyada en ellas, los ojos cerrados. No los abras, que quiero que me sientas y me escuches y me huelas pero no que me mires. Voy a hacerte gozar. Te lo susurro en el oído, casi rozando tu oreja con mis labios. No abras los ojos aún, ahora que puedes. Después no podrás, aunque quieras. Será tanto el placer que sientas que serás incapaz de abrir los ojos.
No los abras, ahora que me estoy desnudando para ti. Te quiero así, como estás ahora, con la polla aún caída. Me excita su flacidez, pensar que la haré crecer con el simple roce de mi aliento, que la haré mía, mi posesión, mi juguete, mi instrumento, mi dulce caramelo para mi boca hambrienta de deseo. Me estoy desnudando para ti, lentamente, despegando la ropa de mi piel ardiente. Me quema la piel al mirarte, desnudo sobre la cama. Me arden los pechos libres de sujeciones, prisioneros ahora de mis propias manos que palpan, estrujan, pellizcan mis pezones de miel y de canela, para que sean puntas de fuego cuando rocen tu cuerpo desnudo. Me arde el coño como un volcán de pasión contenida e incontenible, a punto para la erupción, para la riada del placer que verteré en ti, que verterás en mi.

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